La Rodoreda desconocida: cinco revelaciones de «La plaza del Diamante»
[Por el Equipo de Redacción]
En noviembre de 2025 tuvo lugar la primera sesión del ciclo literario Novelas sobre Barcelona , impulsado por la Escuela de Escritura en colaboración con el Ayuntamiento de Barcelona .
El encuentro, dedicado a La plaza del Diamante, fue una experiencia enriquecedora y estimulante conducida por la profesora, investigadora y ensayista Mònica Miró, que ofreció una lectura rigurosa y diferente de una de las obras primordiales de la literatura catalana.
Partimos de la base de que La plaza del Diamante es más que una novela, es parte de nuestro imaginario colectivo. Casi todo el mundo en Catalunya cree conocer la historia de Natalia —la Colometa— y sus palomas. Es una de esas obras fundacionales de nuestra literatura, admirada y leída por generaciones, que se ha convertido en un símbolo de una época y de una ciudad.
Pero miremos más allá de la superficie: detrás de la crónica sentimental y la dama de las flores se esconde una escritora existencialista, trágica y con una voluntad de hierro para controlar su propia narrativa. La imagen popular que tenemos de la obra y de la autora enmascara una realidad mucho más compleja, oscura y radical.
En esta charla, Mònica Miró nos reveló cinco descubrimientos sobre La plaza del Diamante que nunca nos contaron. Cinco claves extraídas de un análisis profundo de la vida de Mercè Rodoreda y de su obra que nos hacen releer este clásico con otra mirada.
1. La rabia de Rodoreda contra sus críticos: Colometa no era ninguna boba
Una de las interpretaciones que más irritaba a Mercè Rodoreda era la que tildaba a su protagonista —Natalia— de tonta o boba. Para la autora, oír aquello era tan ofensivo como un insulto a su propia madre; al fin y al cabo, era ella quien había parido a Colometa.
La anécdota más ilustrativa de esa rabia ocurrió durante una entrevista con el escritor Baltasar Porcel. Cuando él le preguntó directamente si no creía que Colometa era algo tonta, Rodoreda se sintió profundamente ofendida. Para ella, Natalia no era tonta, sino inocente, y su capacidad de maravillarse ante el mundo era un privilegio concedido a los grandes poetas.
No veía en ella a una víctima pasiva, sino a un personaje con una resiliencia profunda nacida de esta inocencia; no es solo una mujer que sufre, sino que es la protagonista, fuerte y moderna, de una tragedia existencial.
2. El arma secreta de la escritora: los prólogos como manual de instrucciones
Frustrada porque sentía que la crítica no entendía la complejidad y radicalidad de su obra, Mercè Rodoreda decidió tomar el control de su interpretación: ella misma les indicaría a los críticos cómo debían leerla.
Su arma secreta fueron los prólogos. Empezó a escribirlos para las reediciones de sus novelas más importantes —como Espejo roto y, por supuesto, La plaza del Diamante. Estos textos no eran simples introducciones, sino auténticos manuales de instrucciones en los que desmontaba tópicos y explicitaba sus intenciones filosóficas y literarias; estaban particularmente dirigidos a las críticas femeninas y feministas, que sentía que la interpretaban mal.
El prólogo de La plaza del Diamante —escrito en 1982 para una edición de «la Caixa»— es el ejemplo perfecto. Veinte años después de la publicación original, aprovechó la oportunidad para dejar clarísimo lo que pensaba de la novela y para rebatir las interpretaciones que la habían molestado. Fue un acto de poder de una autora que se negaba a dejar su obra exclusivamente en manos de los demás y reclamaba, con toda legitimidad, su autoridad interpretativa.
3. Más bosque que jardín: la Rodoreda oscura y trágica
La imagen más extendida de Mercè Rodoreda es la de la dama entre flores, una delicada y elegante escritora. Sin embargo, esta imagen es una simplificación que esconde su verdadera naturaleza: la oscuridad y el existencialismo, la manifestación de su profundo sentimiento trágico de la existencia. Su obra no es un jardín, sino un bosque lleno de ramificaciones trágicas.
Temas como la muerte, la crueldad, la oscuridad y la amputación son constantes en su literatura y su vida.
4. Una novela existencialista, no una crónica de Barcelona
Aunque La plaza del Diamante transcurre en lugares y momentos históricos perfectamente reconocibles —la Gràcia de la República, la Guerra Civil y la posguerra—, la intención de Rodoreda no era escribir una novela social ni una crónica de Barcelona.
A ella le interesaba otro tipo de tiempo, uno más profundo: el tiempo interior. Su objetivo era crear una obra kafkiana y dantesca, influida directamente por el existencialismo de Sartre, el teatro del absurdo, la poesía simbolista y decadentista francesa, y en diálogo con las vanguardias europeas.
Barcelona no es un simple escenario topográfico, sino un espacio simbólico, un espejo interior que se transforma al mismo ritmo que Natalia: es luminosa durante la ilusión de la República, se vuelve asfixiante durante la sumisión y la posguerra y, finalmente, se convierte en el espacio donde ella puede exhalar un grito liberador. La ciudad no es el mapa, sino el estado del alma.
5. La escritora como personaje: las máscaras de Mercè Rodoreda
Mercè Rodoreda era plenamente consciente de su imagen pública y trabajó activamente en su construcción. A lo largo de su vida, supo convertirse en un personaje, adoptando distintas máscaras según el momento y la necesidad. Estos enmascaramientos eran una declaración de intenciones:
- La vampiresa: Las fotografías de juventud donde imita a las vampiresas del cine mudo muestran su fascinación por las mujeres fuertes y misteriosas, alejadas del ideal doméstico.
- La mujer de exilio: El hábito de fumar, siempre presente en las fotos del exilio, no solo era un vicio, sino una puesta en escena, un símbolo de la intelectual moderna y cosmopolita que quería ser.
- El regreso de la escritora: Al volver del exilio, construye una imagen de autoridad. Se pone frente a periodistas como Porcel y afirma su posición como una de las grandes figuras de la literatura catalana.
Pero detrás de esa imagen poderosa había una vulnerabilidad palpable. Su personalidad histriónica, su característica voz de pito y una risa nerviosa dejaban ver cierta inseguridad.
Esta construcción del personaje estaba profundamente ligada a su filosofía de existencialista empedernida. Para ella, crear una imagen propia no era vanidad, sino una forma de estar en el mundo, una forma de afirmar su existencia y su voluntad en un entorno que a menudo le fue hostil.
En definitiva, La plaza del Diamante es, sin lugar a dudas, una obra maestra. Pero su fama ha eclipsado a menudo su naturaleza más profunda: la de una novela radicalmente moderna, oscura, simbólica y existencialista. Mercè Rodoreda no escribió una simple crónica sentimental, sino un descenso a los infiernos de una conciencia y su lucha por reconstruirse.