Escola d'escriptura - Ateneu Barcelonès

Escribir después de matar: de la Segunda Guerra Mundial a la Escuela de Escritura del Ateneu

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Estados Unidos cuenta con la mayor red de formación de escritores del mundo. A lo largo y ancho del país se imparten quinientos grados y más de doscientos másteres en escritura creativa. Si sumamos las escuelas de escritura no universitarias, como Gotham Writers Workshop —la mayor del mundo, con más de seis mil alumnos—, el resultado es una cifra abrumadora de aspirantes a novelista, cuentista o poeta que se preparan en un aula.

Ese volumen de programas de escritura no es resultado de una lenta acumulación sino de un estallido. Su impulso fundamental fue el fin de la Segunda Guerra Mundial y el regreso de los veteranos del frente. En 1944, con Alemania al borde de la derrota, el gobierno de Franklin D. Roosevelt promulgó la ley conocida como G.I. Bill, destinada a reintegrar a millones de soldados en la vida civil. Además de préstamos hipotecarios y ayudas por desempleo, la ley cubría el coste de la matrícula universitaria (entonces, como ahora, altísimo) y los gastos asociados: libros, alojamiento, manutención. Ocho millones de excombatientes se acogieron a esos beneficios educativos, multiplicando la población universitaria del país.

Las universidades tuvieron que adaptarse a una demanda gigantesca: abrieron nuevos departamentos y las facultades de humanidades se poblaron de excombatientes. Entre los veteranos había muchos que necesitaban contar su calvario de sangre y obuses en el Pacífico o en Europa, y otros que necesitaban olvidarlo escribiendo sobre cualquier otra cosa. Y encontraron dónde hacerlo: la G.I. Bill no inventó los talleres de escritura, pero creó la universidad de masas en la que pudieron formalizarse y multiplicarse. Algunos de esos soldados habían empezado a escribir en el frente, en cuadernos de espiral, durante noches de insomnio o bajo el fuego de mortero. Ahora podían continuar esos relatos con la supervisión de un profesor experto.

Fueron los propios veteranos quienes bautizaron la ley como G.I., una abreviatura usada desde la Primera Guerra Mundial para designar el material militar —desde cantimploras hasta municiones— y que ahora también designaba las matrículas universitarias. Aquellos hombres, en su mayoría de familias humildes, que habían visto morir tanto y habían matado tanto, jamás imaginaron que accederían a la educación superior. 

¿Qué les llevaba a escribir después de tanta orden ciega, de tanto pánico en la garganta, de tanta espera en vilo, de tanta muerte administrada con frialdad? ¿Qué se podía recomponer mediante la escritura? Quizá la mayoría no tuvieran la ambición de publicar y emprender una carrera literaria. Quizá solo pretendían volver a ser quienes habían sido antes de tanto horror.

Entre los muchos veteranos que recurrieron a la escritura, uno de los que acabarían destacando y mucho fue Joseph Heller, autor de Trampa-22 (Catch-22). Heller había participado en 60 misiones de combate sobre Italia y Francia en un bombardero B-25, y regresó a EEUU tan condecorado como horrorizado por lo que había vivido. Gracias a la G.I. Bill pudo estudiar en las universidades de Nueva York, Columbia y Oxford, y convertirse más tarde en escritor. En 1961 publicó Catch-22, una de las mayores sátiras antibelicistas de la historia de la literatura, que devino libro de culto durante la guerra de Vietnam. La expresión que él inventó para titular la novela se universalizó y entró en los diccionarios para nombrar una situación paradójica de la que no se puede escapar a causa de reglas contradictorias. Que una novela de la calidad de la de Heller fuera en parte fruto tardío de la G.I.Bill, basta para aplaudir la ley. Pero hubo mucho más.  

El modelo de Máster en Bellas Artes (MFA), con el taller de escritura como eje, se extendió pronto por todo el país y de allí al resto del mundo. Desde entonces, el rastro de la G.I. Bill ha dejado su impronta en la formación de numerosos escritores de renombre. En los años ochenta, Gran Bretaña importó el formato, y ya un graduado de Master of Arts británico ha obtenido el Premio Nobel de Literatura: el extraordinario novelista y cuentista Kazuo Ishiguro. 

En último extremo, las escuelas de escritura de la Europa continental, y entre ellas la Escuela de Escritura del Ateneu Barcelonès, son también una herencia de aquel momento. Dolors Millat, fundadora de Aula de Lletres, la primera escuela de escritura de Catalunya, antecedente directo de la del Ateneu, estuvo a principios de los años 90 en Norteamérica estudiando cómo se impartía clase allí. El modelo de enseñanza que se expandió con la G.I. Bill se sigue hoy en escuelas y facultades de toda Europa. Su origen no está vinculado ni a las élites culturales ni a las económicas —suponiendo que no sean las mismas—, sino a una necesidad social de masas: escribir después de matar.

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