Cuadernos azules en el noveno círculo
[Por Pau Pérez]
Isla de Lesbos, 2019. El campo de refugiados de Moria, con capacidad para tres mil personas, alberga quince mil. Dos mil son mujeres, la mayoría solas o con hijos pequeños. Algunas malduermen en las instalaciones atestadas; otras, en los olivares que las rodean, en una ampliación caótica que llaman “la jungla”. La iluminación es escasa. La vigilancia, nula. A partir de media tarde muchas no beben agua por temor a ser violadas si van al baño. La sarna y las infecciones respiratorias se propagan. Las crisis de ansiedad y las autolesiones también. Moria es, según Human Rights Watch, el infierno en la tierra. Para las mujeres, el noveno círculo.
Como una suerte de Virgilio, Maria Tzavara, coordinadora en Lesbos de Diotima, una oenegé griega centrada en la violencia de género, organiza reuniones informativas sobre procedimientos de asilo. En una de ellas observa a una mujer tomando notas febrilmente. No suelen hacerlo y no puede apartar la mirada de ella. Al final del encuentro la aborda y le pregunta por qué escribe tanto. Ella le contesta con muchas razones agolpándosele en los ojos, pero solo dice: para no olvidar nada. Maria entiende que en Lesbos todo es volátil: la información, las normas de asilo, las pertenencias, la salud mental, la integridad física, la identidad. Esas mujeres disponen únicamente de la memoria para intentar sobrevivir. Y les propone no escribir solo las palabras de los asesores legales sino las suyas propias.
A mediados de junio, el taller de escritura de Moria se puso en marcha, en un contenedor de mercancías de paredes de chapa corrugada incapaces de proteger del calor y del bullicio de las filas de la comida del campo. Las participantes eran quince mujeres francófonas del Camerún y el Congo, víctimas de la violencia de género. Se trataba, naturalmente, de un espacio no mixto, donde podían hablar sobre las agresiones que habían sufrido sin la presencia de los pares de sus agresores. Esa frontera era más necesaria que cualquier otro aislamiento.
Claro está, el taller no vivía al margen del campo. Un día, todas las participantes acudieron de luto. Horas antes, una patera había naufragado a poca distancia de la costa y varias personas se habían ahogado; entre ellas, una mujer a la que algunas habían conocido en Turquía. Ese día escribieron sin freno, sobre monstruos marinos y sobre el deseo de saber nadar para no tener miedo.
Buscando la forma de conjurarlo, Maria Tzavara les propuso ejercicios para recuperar la sensación de tener el control. Frente al escritor privilegiado y fatuo, que afirma no decidir lo que ocurre en su relato ni lo que hacen sus personajes, aquellas mujeres, que habían sido peones en manos de las guerras, el hambre, la violencia patriarcal y el mar, necesitaban decidir qué iban a escribir, cuál sería el planteamiento, el nudo y el desenlace de sus historias. Maria les propuso que versionaran en tono cómico una historia de terror que les hubieran contado de pequeñas. Una carta a su yo futuro fuera de Lesbos. Un autorretrato en que no apareciera su situación administrativa. Una lista de frases con una de las palabras que más temían: mar.
La lectura de los textos era compartida y generaba vínculos en medio de aquella apoteosis azul y blanca del desarraigo. Esa nueva confianza trajo lo que nadie esperaba. Después de las sesiones, algunas mujeres aceptaban la visita a la capital de la isla que Maria les proponía desde hacía tiempo. Otras, y Maria pensó que no había palabras en el mundo para expresar lo que eso significaba, se iban juntas a nadar. Muchas decían escribir por la noche, en el silencio quebradizo del campo, a la luz incierta de un móvil. Al despertar, las sorprendían recuerdos que se les antojaban perdidos.
Los ejercicios traspasaron la frontera de los cuadernos azules que María les había entregado. Se publicaron como texto colectivo, preservando el anonimato que exigieron las mujeres, para no sufrir represalias de sus agresores o las autoridades de su país. Pousse pion —Empuja el peón— se presentó en Mitilene, la capital de Lesbos, en Art&Book, una librería valiente que, como los ochenta asistentes, se enfrentó de cara a la xenofobia asfixiante del momento. Con el seudónimo de Kameni, Sama, Nael, Cheryl, Princesse y Antoinette, las refugiadas -ahora autoras, siempre mujeres- leyeron en francés y alguien tradujo al griego. En su libro decían: «Cuando todo pase, reiré con todas mis fuerzas y, solo entonces, sabré que todavía estoy viva». Después de mucho tiempo, ellas habían empujado el peón.